Ohm: Los Orígenes

Llegada: El Tiempo de Las Cadenas

Tres milenios se habían cumplido desde que Shei’Vhor, el Redentor; un Aegis repudiado por los suyos, expulsado del Eteris y condenado a vivir su eternidad en el cuerpo de un mortal; llegó al planeta Thera para gobernarlo con puño de hierro.

Sus habitantes nunca fueron rivales para su inconmensurable poder, así que, tras tomar el control obligó a dividir a su población en Élites, sus elegidos; y en Mundanos, quienes les servían.

Apogeo: El Tiempo del Esplendor

Y fue así que, bajo su régimen, los theran alcanzaron el techo tecnológico y el cénit como sociedad. Pero aquella tierra estaba enferma y ni sus logros científicos ni su avanzada tecnología pudieron contener lo inevitable. La superpoblación, el agotamiento de los recursos, la deforestación, el cambio climático y el calentamiento global, condujeron a Thera al colapso.

Apocalipsis: El Tiempo de Las Lágrimas

En respuesta a sus crímenes contra ella, el cielo lloró lágrimas de fuego que hirieron la superficie del planeta y devastaron teraurbes enteras. La ardiente lluvia de estrellas pasó, pero entonces, la tierra comenzó a temblar durante días y aquella parte de nuestra civilización que no fue destruida por la tempestad flamígera, terminó engullida en el interior de las grietas que los seísmos habían dejado tras de sí, junto a los huecos vestigios de una gloria pasada.

Casi la mitad de la población mundial, pereció en aquellos días de fatalidad.

Cuando los temblores cesaron, una extraña forma mineral que muy pocos habían visto antes, afloró de entre las heridas asestadas por el cielo a la tierra. Piedras de un burbujeante color verde iridiscente que suturaron las llagas de la tierra. Quienes ya conocían de su existencia, se referían a él como: ARKER, que en la lengua de los Aegis significaba, Espuma de Mar.

Envueltas en un halo de misterio y superstición, los techno-científicos Elitianos hicieron un deslumbrante descubrimiento. Cada una de esas gemas, contenía una cantidad de energía que superaba a la de cualquier otra fuente conocida hasta entonces. Sin embargo, su extracción y utilización resultó estar lejos de su alcance, y la exposición al mineral, mortalmente tóxica. En el tiempo que devino, el ARKER se derramó lentamente por la tierra y entonces, solo unos pocos de quienes habían conocido la ira de Thera, sobrevivieron a su contacto.

Promesas: El Tiempo del Éxodo

Viendo su paraíso artificial desmoronarse, Shei’Vhor y sus Elitianos abandonaron Thera en grandes arcas aeroespaciales, con la falsa promesa en los labios de regresar a por quienes quedaban atrás. Desde el cascarón hueco de la que una vez había sido capital de su antiguo mundo, la augusta Imperia, partieron en dirección a la luna de Shelene, un pequeño satélite parcialmente habitable sobre la órbita de Thera. Aquel hito, quedó recogido en las crónicas como El Éxodo.

Diáspora: El Tiempo de Los Secretos

Resignados a perecer, quienes habían sido abandonados en aquel planeta que agonizaba entre estertores, aguardaron su final. Sin embargo, su extinción jamás tuvo lugar. Porque entonces, aprendieron los secretos del ARKER de boca de los Verdeguardianes, quienes habían dedicado su existencia a proteger el planeta y advertir de la inminencia del Theraclismo.

Seres arbóreos de aspecto antropomorfo, que no eran enteramente hombres ni tampoco animales, pero por cuya savia, corría la esencia de los elementos y la de los espíritus ancestrales de la propia Thera. Criaturas que conocían los misterios de aquellas piedras y de las cuales, recibían su poder, y que, en el pasado, habían evitado el genocidio al que su gente fue sometida por Shei’Vhor y sus Élites.

Sus enseñanzas, volvió inmunes a los Saecular frente al influjo mortal del ARKER. Pero no solo eso, sino que les permitió adaptarse a las inclemencias de un mundo defenestrado que todavía tardaría milenios en volver a la vida. En definitiva, los hizo más fuertes. Tanto, que más allá del firmamento, en su nuevo mundo cupular de Nova Edén, Shei’Vhor se estremeció en silencio.

El ARKER se volvió vital para la supervivencia de aquellas mujeres y hombres, incluso en su moneda. Se convirtió en la sangre que irrigaba su mundo y, por ende, en el sustento de los suyos. Les salvó. Pero, por el contrario, también les enfrentó, conduciéndoles a una lucha sin cuartel por su dominio. En torno a las grietas todavía sin cerrar, surgieron asentamientos suficientemente estables como para ser considerados como tales, cuya principal actividad era la extracción del mineral. La consecuencia directa del valor estratégico y material que representaba controlar una de estas plazas, las convirtió en el objetivo prioritario de grupos nómadas organizados que las asediaban desde la inhóspita Mhûr, el inmenso territorio de páramos producto del desastre. El resultado de aquellos enfrentamientos que ya nunca terminarían, fue el origen de los Clanes actuales.

Así mismo, las eternas disputas y los crecientes intereses que el codiciado ARKER había despertado entre los hombres, relegó a los Verdeguardianes al ostracismo, al mito o la leyenda; que nuevamente, vieron como su consejo era desatendido y en peores casos, tergiversado. La barbarie de los hombres hizo presa en su especie y su número, menguó hasta la práctica desaparición.

Mientras tanto, desde los confines de la atmósfera therana, en la mente del líder de las Élites, jamás estuvo la de relegar al olvido aquella nueva materia prima cuyo potencial sobrepasaba toda lógica. El hecho probado de que el ARKER era capaz de regenerar la vida de un planeta marchito como aquel, ampliaba sus horizontes hasta el delirio. De poseerlo, aquel mineral era llave que le permitiría expandirse por toda la galaxia, poniendo al alcance de su mano, mundos únicamente soñados.

Por ello, Shei’Vhor no abandonó en todo este tiempo el estudio de La Piedra. Hasta que finalmente, logró desentrañar parte del enigma con la ayuda de un Verdeguardián, traidor a su gente. Sus revelaciones permitieron a sus Élites manipular el mineral bajo unos estándares mínimos de seguridad y profundizar en su conocimiento acerca de La Roca.

Una vez alcanzado su objetivo de incorporar el ARKER, tanto a nivel biológico como tecnológico en la sociedad Elitian, aunque fuera en una proporción que todavía distaba mucho del vínculo que los Saecular habían establecido con La Piedra a través de Los Secretos confesos por sus inesperados salvadores, el todopoderoso líder ordenó la sobreexplotación de los recursos de Shelene con el único fin de reestablecer su flota espacial, pero el descubrimiento inesperado sobre la superficie del planeta de una estación de origen Aegis, alteró sensiblemente el que hasta ahora había sido su objetivo principal, su plan de desarrollo militar. Saber cuál era el propósito de aquella instalación condenada por los eones se convirtió en una parte medular del plan maestro del tirano.

Se trataba de una instalación de tiempo inmemorial que parecía formar parte de un sistema mayor y que más tarde, se confirmaría disperso entre el centenar de satélites que rodeaban la órbita therana. De algún modo, Shei’Vhor intuyó que aquellos monolitos repartidos por las lunas y astros cercanos, eran los responsables de la destrucción de Thera. Que aquellos vórtices, olvidados por sus creadores, habían desencadenado la lluvia de fuego que había barrido su propia obra.

Última: El Tiempo de La Ira

Destinando una gran parte de la energía que mantenía a salvo su nueva creación, aquel mundo bajo el cristal bautizado con el nombre de Nova Edén, el obstinado dictador consiguió activar el inmemorial artefacto. El Ojo de los Eones, denominación bajo la cual, los antiguos criptogramas Aegis descifrados por sus expertos, se referían a la ciclópea instalación, propulsó un haz de energía que impactó contra Thera y convulsionó la faz del planeta, descarnando su corteza de nuevo y causándole la mayor herida jamás vista hasta la fecha.

Tras el disparo, la cúpula protectora que aislaba Nova Edén de los efectos del vacío sideral y la insalubridad atmosférica, vio su integridad comprometida. Su obsesión, costó la vida de muchos Elitianos y como consecuencia directa, un conflicto civil surgió en el seno de aquella sociedad en apariencia “perfecta”. Una revuelta que llevó años suprimir, tal cual relataron algunos de los exiliados de aquel mundo abovedado que lograron escapar a la cólera de su antiguo amo y regresaron a Thera en busca de refugio.

Aunque El Ojo de los Eones nunca volvió a ser accionado, el daño ya estaba hecho. La nueva grieta provocada como resultado de la ignición de la estación, hizo presumir a los expertos Elitianos que su cicatrización podría tardar siglos. Y así sería que conservó su extensión y forma inmutables en el tiempo que siguió, haciendo aflorar un yacimiento de ARKER en la práctica, inagotable. Depósitos cuasi infinitos, que ahora las Élites podían recolectar, pues volvían a contar con los medios precisos para realizar un descenso planetario e iniciar la reconquista de Thera.

Porque aquellas habían sido desde un principio, las verdaderas intenciones de Shei’Vhor.

Travesía: El Tiempo del Renacer

Pero en la tierra, aquella lengua de llamas que había iluminado una vez más el cielo therano, atrajo la mirada de miles de Nhômads, por entonces moradores de Mhûr, hacia el cosmos. Sabedores de lo que seguiría a continuación, La Última Lágrima de Fuego produjo un desplazamiento masivo de convoyes y caravanas a través de Los Páramos tras su estela. Travesía que les condujo hasta los restos de la otrora, esplendorosa Imperia, ahora dividida en dos mitades por el impacto. Allí, una floreciente nación de recién llegados comenzaría a forjarse al abrazo de un interminable suministro de ARKER.

Apremiado por los informes de sus observadores, que hablaban de como los contingentes de colonos empezaban a concentrarse en la zona, Shei’Vhor desplegó un batallón de su temible nueva aeroflota hacerse con el control de las vetas de mineral, surgidas de la fisura que ya había sido bautizada como Shoren: La Herida. Pero lo que sus lugartenientes estimaron como una campaña militar rápida y una toma de posesión casi inmediata, a punto estaba de convertirse en una guerra que agostaría sus fuerzas hasta la extenuación.

Traición: El Tiempo de La Sangre

Las primeras incursiones de las Élites fueron repelidas por los ahora Pioneros de La Ruina de Imperia, que embebidos por el influjo del ARKER, se habían convertido en una amenaza absolutamente alejada de sus previsiones. De nada les valió incrementar el número de sus tropas en los sucesivos encuentros. El resultado no varió un ápice. Y así, el primer ataque que los Elitianos lanzaron contra la antigua Imperia, resultó en un amargo fracaso para las Élites y en un cambio de estrategia por parte de su líder.

Las palabras sustituyeron a las espadas y el color del barro del campo de batalla, por el blanco marmóreo de los salones. Y en ellos, fueron compradas las voluntades de un puñado de miembros del Consejo de los Primeros Moradores, los suficientes como para ver favorecidos los intereses de las Élites. Shei’Vhor les ofreció cargo y posición entre los suyos y aquellos hombres aceptaron.

Reunidos en cónclave, el decreto pronunciado por aquellos dirigentes generosamente sobornados, prohibía el uso del ARKER como potenciador, cambió el signo de la guerra radicalmente y las huestes Elitianas recuperaron el terreno perdido hasta alcanzar las murallas de la vieja capital.

Pero en el momento en que sus defensas se desmoronaban y el Redentor parecía rozar la victoria con los dedos, un Saecular, un “Sangremezclada” de quien se decía tenía sangre Elitian y que había procurado pasar desapercibido entre su gente, descubrió ante su pueblo la conspiración urdida por sus dirigentes, al mostrar en audiencia pública pruebas irrefutables de su culpabilidad valiéndose de una tecnología que se creía olvidada.

Declarados traidores; quienes que habían tenido en sus manos los destinos de los miles de pioneros que habían viajado desde todos los rincones de Thera, para formar un nuevo hogar entre las memorias de la que había sido paradigma del esplendor de un mundo ahora hecho pedazos; fueron condenados a La Larga Caída. Y así, aquellos hombres “honorables” que habían rendido la ciudad a las Élites, murieron tras ser arrojados a Shoren.

Hermandad: El Tiempo de la Victoria

En aquella jornada, con el ARKER fluyendo de nuevo por su sangre; Saeculars y Elitians se enfrentaron a campo abierto frente a la sombra del que había sido hogar de ambos en el pasado, la dorada Imperia. El propio Shei’Vhor acaudillaba su ejército, tras aceptar el desafío que aquel insolente “Sangremezclada” le había proferido para batirse en combate singular y que ahora se situaba a la vanguardia de su pueblo.

La batalla que siguió a continuación, supondría el fin del Primer Advenimiento Elitiano, porque, aunque en el futuro otros tendrían que llegar, en aquella ocasión la lucha terminó con una victoria pírrica del lado de los Saecular, en la que muchos Pioneros, Nhômads y Whârs de Los Primeros Clanes perdieron sus vidas combatiendo juntos espalda con espalda.

Herido de muerte por la mano aquel insignificante mortal que había logrado unir a todos los supervivientes del Theraclismo bajo una sola voz, Shei’Vhor fue retirado por su escolta personal de la liza tras recibir el golpe de gracia con una hoja de la que se decía, había sido forjada en Antiqa, la legendaria ciudad celeste de los Aegis más allá de Nhôde.

Algunas personas piensan que ni siquiera un Aegis hubiera podido sobrevivir a las heridas que el héroe Mundano le asestó; mientras que otros, afirman lo contrario. Lo cierto es que nadie volvió a verle lo que alimentó toda clase especulaciones en torno a la suerte que hubiera podido correr aquel tirano, que hacía tres mil años había descendido de las estrellas para someter Thera.

Fundación: El Tiempo del Primero

Pero entre todas las historias que nacieron tras librar aquella batalla y que serían contadas por décadas en las tabernas de toda Ohm, ninguna resultó tan épica e imperecedera como la que rodeó al extraño que había vencido a uno de Los Eternos.

Aquel hombre, se convirtió en el primer Rhegal, término que habían adoptado de la lengua de los Aegis y que los de la Raza Eterna empleaban para distinguir a aquellos de la más alta condición entre los suyos. Y en honor a él, su pueblo bautizó con su nombre aquel mundo consumido que ahora resurgía de sus propias cenizas. Porque aquel desconocido, del que se aseguraban proezas únicamente reservadas a los Inmortales, se llamaba: Ohm.

Y con él fueron conocidas, la ciudad, que había sido liberada con el sacrificio y la vida de muchos, el vasto territorio en derredor y las gentes que lo habitaban. Y en muestra de su agradecimiento, su nuevo Shyr, renunció a su nombre, legándolo a la tierra que ahora les contemplaba. Y los hombres, le dieron un nuevo alias, aquel por el que todos le conocieron desde entonces: Mythras, El Que Desafía a los Dioses.

Y bajo su gobierno, la efeméride de la derrota de Shei’Vhor supuso la fundación de un nuevo hogar, el suyo y el de todos aquellos que decidieron echar raíces en aquella tierra prometida que por tanto tiempo les había sido negada. Ambos hitos, establecieron el comienzo del calendario de los Ohmnian y la vida volvió a medrar entre sus calles, en sus barrios, dentro de sus palacios y más allá de sus muros, porque una revivida nación volvía abrirse paso.

Una nueva sociedad que, aun habiendo desterrado el término Saecular de su idioma, sufría de la misma falta de equidad heredada del Pre-Mundo, acentuada a partir del Tiempo de las Cadenas después de la llegada de Shei'Vhor. Por lo que, las dos orillas que separaron y separaban a los hombres continuaron alejándose hasta que la distancia fue insalvable. Porque sus diferencias nacían de su propia codicia y ambición, en la medida en que eran parte de ellos, estaban en su naturaleza y así seguiría siendo por siempre.

Además, desde el Tiempo de los Secretos, el ARKER había dividido a su gente hasta el punto de no retorno, entre quienes especulaban con el mineral y lo poseían; y entre quienes se lo proveían con su esfuerzo y trabajo a cambio de una cantidad del mismo. En ricos y pobres, en Merkhars y Proles.

De ese modo, partida en dos mitades desde El Tiempo de La Ira, cuando Ulthiâr, la Última Lágrima fue vertida sobre Thera desde el Ojo de los Eones; el Distrito Norte de la ciudad o Citadela, pasó a ser la residencia de los Shyres: Neonovili, Operatores y Merkhars; y a la inversa, como la noche que contrarresta el día, el Distrito Sur o Suburbia, donde los Proles, la clase trabajadora encontraba su cobijo; así como la periferia circundante a la urbe conocida como Mhisêre y mal llamadas Madrigueras; el hogar de los Holers: los marginados, los descastados, los no-personas.

El reinado de Mythras duró treinta años. Y en ese lapso, desde lo más alto de aquella morada que arañaba al cielo, contempló como la ciudad prosperaba y sus lindes crecían hasta perderse en la confusa línea de un horizonte todavía enfermo.

Pero también divisó las negras nubes de la guerra arremolinarse ante él. Tormentas que descargaron sangre, dolor y muerte. Porque muchos fueron los que trataron de tomar La Torre de los Huesos desde el ascenso del Primer Rhegal y todos perecieron en su intento. Y no sería hasta que la daga de la traición hendió su espalda, que Mythras perdió Ohm.

Fueron los Phâradims, la voz de los Neonovili en la ciudad, y los Albâre, los llamados Blancos, el brazo de los Merkhar en las Êghoras, quienes apostataron contra él tras acordar la entrega de la ciudad a un Clan rival. Sentenciado a La Larga Caída frente a su gente, su derrocamiento produjo un levantamiento de su pueblo que derivó en la muerte de los responsables y en el aniquilamiento del Clan que había perpetrado el asalto contra Ohm.

El trono quedó huérfano de su Señor y produjo un vacío de poder que jamás pudo ser colmado. La leyenda se tornó en maldición y ninguno de los Rhegal, que en los dos mil años que le sobrevinieron, tomaron la ciudad y ocuparon su lugar, trajeron consigo la paz.

Y de ese modo, la inestabilidad perduró hasta el día de hoy.

Guerra: El Tiempo de Los Clanes

En el año actual después de Ohm, mientras la ciudad continúa esperando a su nuevo Rhegal, aquel que quizás, predestinado por las estrellas ponga fin a La Maldición del Primer y Último Señor, la llama de la esperanza tremola otra vez y la vida palidece de nuevo.

Porque estos son tiempos oscuros...

Tiempos en que los Verdeguardianes, permanecen en silencio, ocultos en los últimos refugios forestales que el fuego de los hombres todavía no ha logrado alcanzar.

Tiempos en que el cielo, cubre la tierra de sombras, vomitadas desde monstruosas fauces mecánicas, en anuncio de un nuevo Advenimiento Elitiano.

Tiempos en los que, unidos bajo las arengas de sus Señores de la Guerra, los hombres, siguen matándose por el dominio de Ohm y su ARKER.

Porque este, es el Tiempo de los Clanes.

Un tiempo para la guerra y un tiempo para la gloria.

—«Y nosotras somos testigos».

Itlno'tkhaz